La arqueología de las emociones


La ciencia interrumpe en la cultura popular

No me pregunten por qué, pero tengo ganas de reflexionar sobre la arqueología de las emociones básicas y universales. En México, donde estuve hace poco en la fantástica Ciudad de las Ideas, viven los indígenas mazahuas; esta palabra –mazahua– significa en la lengua nahua “gente del venado”. Ya estaban aquí cuando llegaron los conquistadores españoles, pero no son los más antiguos; al contrario, son más recientes y evolucionados que, pongamos por caso, los rarámuris.

Me gustaría tener tiempo para hablar con ellos y, mediante encuestas bien meditadas, ahondar algo en la arqueología de las emociones básicas y universales: la empatía, es decir, la capacidad para sentir el dolor ajeno, la rabia y el miedo, la felicidad, la sorpresa o el desprecio. Acabo de conversar en Puebla, México, con uno de los primatólogos más ilustrados del planeta, Frans de Waal, el primero en profundizar en la arqueología de las emociones en el resto de los animales; me refiero, concretamente, a los mamíferos no humanos, como los elefantes.

El estudio de las emociones en los humanos estuvo siempre mal visto hasta que, gracias a las nuevas tecnologías de resonancia magnética, pudimos empezar a medirlas: ¿cuánto disminuía el volumen de nuestro hipocampo en el cerebro, y por tanto de la memoria, a raíz de un estrés exagerado? ¿En qué medida afectaba al feto el estrés materno, una vez que se pudo comprobar que la hormona del estrés atravesaba la placenta? Nadie en la Tierra había enseñado a otros cómo gestionar sus emociones. Si las tenías, se debían controlar o ser destruidas. De ninguna manera aprender a gestionarlas.

Hasta ayer se estimaba que –contra todas las apariencias en las distintas especies de mamíferos– el resto de los animales no desarrollaba la empatía necesaria para ponerse en el lugar del otro. El gran mérito de Frans de Waal ha sido demostrar, más allá de cualquier duda, que la mayoría de los mamíferos eran tan capaces de sentir empatía como nosotros mismos; y, desde luego, mucho más que los psicópatas, que no pueden sentir el dolor ajeno. Hay escenas conmovedoras de elefantes adultos intentando salvar a uno mucho más joven de las aguas turbulentas y el lodo asfixiante de un río en el que apacentaban.

Ahora es innegable que los mamíferos no humanos son también sentimentales y que, por lo tanto, tendremos que dejar de hacerles daño innecesariamente tarde o temprano. Ahora no tenemos más remedio que aceptar que, con la excepción de determinados psicópatas, los homínidos que nos precedieron fueron capaces de situarse en el lugar del otro tanto como los de ahora, de empatizar con los demás si éstos sufrían.

Lo que no sabemos es si siempre fue así ni si hay diferencias acusadas en la expresión de aquellas emociones básicas y universales entre nosotros y los pueblos primitivos. Sería interesantísimo estudiar la arqueología de las emociones en los humanos porque tal vez descubriéramos que algunas de estas emociones no eran sentidas en igual grado o bien que su expresión facial era distinta: ¿cuáles eran los rictus en las caras de los mazahuas cuando se enamoraban? En cuanto al potencial para paliar el dolor ajeno, ¿cuándo surge?

A los lectores que me pregunten por qué tengo ganas de conocer la arqueología de las emociones, les diré enseguida que este conocimiento me ayudaría a alimentar la esperanza de que, si en el pasado cambiaron a mejor, en el futuro no van a cambiar a peor. En este caso, sentiremos más intensamente todas las emociones, sabremos expresarlas con mayor ecuanimidad y, sobre todo, habremos aprendido a gestionarlas.

Frans de Waals

The Age of Empathy

Harmony. 2009

Fuente: Blog de Eduard Punset

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